2026. Intervención de sitio específico, cobre e imanes.
Un hueco de un metro de diámetro por metro y medio de profundidad abre el jardín de la galería. De su interior emergen dos varillas de puesta a tierra. Los cables de cobre se extienden sobre la fachada y conectan el jardín, el edificio, la exposición y el subsuelo dentro de un mismo circuito.
Y es que una puesta a tierra no es una metáfora. Es una operación técnica que ofrece a la energía una vía de descarga y un punto común de referencia. Ante una fuga o una descarga eléctrica, la corriente encuentra un camino hacia el terreno. La tierra recibe, conduce, dispersa y estabiliza.
Desde allí, el suelo deja de ser superficie y se vuelve interfaz. El hueco corta la continuidad del jardín, expone su espesor y revela una relación oculta. La galería aparece entonces como un aparato sostenido por conexiones y flujos que la arquitectura integra, pero mantiene ocultos.
Los cables hacen sensible esa relación. La fachada se vuelve conductora y el edificio entra en circuito. Polo a tierra establece una conexión física con el subsuelo. La obra ancla la exposición a una profundidad mineral y tectónica donde la arquitectura toca la tierra. En ese contacto, el espacio visible reconoce su dependencia de aquello que lo sostiene, lo atraviesa y también puede desestabilizarlo.